Caen los bolillos sobre el piano indígena (marimba de arco), y suena el son de marimba llamado el Mateamargo. Unas veinte personas observan a la bailarina, quien con delicadeza abre con su manos un lujoso abanico. Luego con la punta de los dedos de su mano derecha eleva su falda, con garbo y coquetería comienza a danzar de tal manera que con sus pies pareciera acariciar el piso. Mientras en una esquina el varón espera que lo invite a bailar.
Ambos bailarines no muestran su rostro, lo llevan oculto con máscaras de cedazo, cuya tez dibujada es de raza blanca y ojos azules.